Hacia una teoría general de las ideas… ejem.

Hacia una teoría general de las ideas… ejem.

Últimamente ando alimentando mi curiosidad con los trabajos de Edward Witten acerca de la Teoría del Todo y sus derivadas. Aunque no logro seguir ni de lejos su razonamiento matemático, me resulta fascinante la descripción de esos conceptos, la propia génesis de la teoría y la relevancia de sus implicaciones, que -a veces con cierta tierna irreverencia científica- formula un modelo conjunto que explica la naturaleza de toda la materia -desde las partículas subatómicas hasta las galaxias más orondas- unificando presuntamente la mecánica cuántica y la teoría general de la relatividad, y por ésas gasta nombre con tan parca timidez.

Básicamente, postula que el universo está compuesto por finísimos filamentos de energía que vibran y que, en relación a su frecuencia, se representan en la ‘realidad’ como partículas de materia más o menos visible, fuerzas de varios tipos o vaya usted a saber qué otra extraña cosa, pues más de diez dimensiones son necesarias a estos universos hilados para explicar sus chichas sin notorios balbuceos. Esos filamentos son descritos como cuerdas con forma de tirabuzón que tiemblan sin tregua, al modo que las tripas de una orquesta oscilan entre sí para sonar, afinado o no, determinado acorde.

Los detractores de la teoría de cuerdas censuran su incapacidad para efectuar predicciones constatables de manera empírica y la multitud de modelos que de ella se derivan, tildándola de construcción teórica más cercana al pensamiento filosófico que al método científico.

Como mi curiosidad goza de cierta inestabilidad fértil, por un momento concebí aplicar ese ‘método de construcción intelectual’ a la generación del pensamiento. Quizá se podría explicar, mediante la diversa afinación de los filamentos de las partículas que contienen los vehículos de las ideas, la propia génesis e interacción de éstas, la telepatía, el vaticinio, las alucinaciones o los extraños vericuetos con los que a veces nos obsequian el sueño o las demandas que hacemos a los parajes que transita la memoria.

La gravedad es, por lo visto, la interacción de unas partículas denominadas gravitones; si, según mi iniciativa, aplicáramos esta cosmogonía, por ejemplo, al mundo de las emociones, podríamos formular con fundamento enunciados como el siguiente: ‘anda y acércate más que tu gravitón me está poniendo cachondo’ y, ésto -que suena a risa- podría no obstante tener una base cierta, pues, aún no tratándose sólo del gravitón, parece claro que entre dos seres, como entre cualesquiera dos cuerpos con masa (en cuyos ojos habitan los fotones), se produce de hábito un rico -aunque no siempre húmedo- intercambio de partículas.

En mi modesta opinión, parece probable que el mundo primordial de las ideas también sea regido por modelos similares a éste, puesto que -sin sitio para Dios- no veo razón alguna para que el pensamiento, que es alguna forma de materia o fuerza aún no descrita, no participe de la naturaleza que impregna el resto del universo.

En el ‘speak writing’ de Stephen W. Hawking, y como respuestas habituales situadas muy a mano en su interface, puede leerse:
– yes,
– no,
– maybe,
– I dont’t now, y
– thank you;
‘Quizá’ y ‘no lo sé’ son apodos de la inteligencia. Sean generosos y regálenme al menos uno de ellos: piensen que, si esos filamentos que hilan el mundo tienen forma de vello púbico, sin duda la teoría de cuerdas parece certera, pues ya se sabe que las ingles son objeto, origen y explicación del resto de todas las cosas.